Capítulo 2. Los Ángeles.
La vista de Los Ángeles era mágica.
Simplemente espectacular, aunque claro, todo era nuevo para mí de modo que lo veía todo espectacular.
Cogí las maletas y busqué algún taxi, pero no divisaba ninguno por las afueras del aeropuerto así que me senté en unos bancos que había al lado de las puertas de salida a esperar a que pasase algún taxi.
Me entretenía viendo a la gente pasar, algunos hombres trajeados, familias y demás pero observé que la gente iba siempre con prisas.
Miraba mi reloj cada dos por tres, quería que pasase por allí un taxi lo antes posible.
No sabía a donde dirigirme pero seguro que el taxista sabría llevarme a un buen motel.
Esperé y esperé hasta que me harté y decidí coger mis maletas, por mucho que pesasen, y buscar mi camino, sabía que si persistía encontraría mi hogar.
Era una decisión dura, andar hasta encontrar un hogar con dos pesadas maletas a cuestas, pero no me importaba.
Caminé y caminé hasta que ni mi cuerpo ni mi moral aguantaron más.
Cogí un taxi.
Le dije al taxista que me llevase al motel más bonito que hubiese en Los Ángeles.
El trayecto fue muy largo, pero me entretuve observando el paisaje, pasábamos por calles que estaban adornadas con altas y bien cuidadas palmeras, había muchos edificios, sobre todo tiendas muy lujosas y hoteles enormes.
Pude ver la playa a unos cien metros de distancia, como el día estaba soleado había mucha gente, pero que estuviera soleado era normal porque estábamos en julio, diecinueve de julio de 1987, nunca se me olvidaría esa fecha, la fecha de mi llegada a Los Ángeles.
Finalmente el taxi paró frente a un pequeño edificio de simple estructura y fachada blanca.
La puerta de madera reflejaba la antigüedad de aquel motel, pero parecía muy acogedor a pesar de su simpleza.
Tenía varios balcones protegidos por unos barrotes de hierro que encima tenían varias macetas de flores de todos los colores que os podáis imaginar desde el blanco hasta el rosa chicle más bonito que pude ver en mi vida.
Antes de bajar del taxi le pagué al taxista y después cogí mis maletas con decisión.
La puerta tenía unos picaportes redondos, agarré uno de ellos y toqué la puerta.
Al segundo de tocarla una chica rubia y de ojos azules me abrió la puerta con una sonrisa.
– Buenas tardes –saludó sin quitar la sonrisa de su cara – bienvenida a la pensión M&M’s House, pasa por favor –dijo terminando de abrir la puerta.
– ¿Pensión? ¿No es esto un motel? –pregunté mientras ella me arrebataba las maletas de mis manos.
– No, esto es mucho mejor que un motel, es mi casa, bueno…nuestra casa –comentó mientras subía las maravillosas escaleras que había para subir al segundo piso.
– ¿Hay más gente? –pregunté siguiéndola.
– Mi hermana, se llama Melody y es una vaga, por cierto yo me llamo Melanie, ¿y tú?
Desde luego Melanie hablaba mucho, pero eso me entretenía bastante.
– Me llamo Evelyn, encantada Melanie –dije mientras veía como abría la puerta de una de las habitaciones.
– Igualmente Evelyn, esta será tu habitación –dijo a la vez que dejaba las maletas en el suelo.
La habitación era muy luminosa y bonita, las paredes pintadas en un azul pastel y los muebles blancos hacían un contraste precioso.
Melanie dijo que me dejaría sola para que me acomodase y pusiera mi ropa en los cajones y en el armario.
Ese era el lugar al que pertenecía y tenía la sensación de que a partir de aquel momento una aventura comenzaría para mí.
De repente oí la voz de dos chicas acercándose a la habitación, estaba segura de que una de las voces pertenecía a Melanie, pero no sabía a quién pertenecía la otra voz.
– ¡Te dije que la vigilaras! –le gritaba Melanie a la otra chica.
– ¡Y yo te dije que la vigilaras tú! –contestó la chica.
Entonces entraron en mi nueva habitación.
– Perdona Evelyn, ¿has visto a alguna perrita por aquí? –preguntó Melanie.
– No, no he visto ninguna perrita por aquí, lo siento.
– Vaya, ah por cierto esta es mi hermana Melody.
Clavé mi mirada en la chica y comprobé que eran gemelas…la única diferencia era que Melanie llevaba el pelo liso y Melody el pelo rizado.
Ambas tenían una expresión dulce en sus rostros.
Salieron de la habitación y me fijé en que encima del escritorio de la mesa estaba el periódico de ese día, decidí buscar trabajo y había un anuncio que me llamó la atención:
“Se busca camarera para trabajar en Beverly Hills , para más información deberá ir a la siguiente dirección…”
Bueno, era un buen trabajo para empezar, así que decidí preguntarles a las gemelas si Beverly Hills estaba cerca de allí, ya que si podía iría andando para explorar, ellas me dijeron que no estaba muy lejos y me dieron las indicaciones preciosas para no perderme mientras iba hacia el bar.
Cogí uno de los bolsos que había traído y me puse en marcha.
Me dí cuenta de que la playa no estaba muy lejos así que decidí andar por la orilla, estaba atardeciendo y eso hacía la vista aún más hermosa de lo habitual, la playa estaba casi desierta, digo casi, porque había un chico sentado en la arena, con las manos en la cara, pero ese chico me sonaba mucho, aunque no sabía de qué.
Decidí acercarme…