Capítulo 1. El viaje.
Ese maldito despertador sonando de nuevo, eran las doce del medio día, pero hoy me alegraba de que sonara ¡me iba a vivir a América del Norte! Por fin, ya era hora, diecinueve años esperando este momento.
Me levanté de un salto y con una sonrisa en la boca, busqué mis zapatillas de andar por casa y me miré en el espejo, estaba hecha un asco, mi pelo estaba revuelto, aunque tenía la costumbre de dormir con el pelo recogido en una coleta pero esa noche me moví demasiado, por los nervios, quizás.
Tenía la maleta hecha desde una noche anterior y la hice porque necesitaba distraerme un poco.
Fui hacia la cocina para desayunar algo, pero sólo tomé una manzana ante las quejas de mi madre diciendo que debería haber comido más, pero tenía un nudo en el estómago de los nervios.
Mi madre siempre me dijo que no quería que fuera a América, porque no sabría cuidarme y que allí no había la misma comida que en España, y yo ya lo sabía, de sobra, pero necesitaba ir.
Allí haría mi vida, encontraría un trabajo, me casaría y tendría tres hijos, dos niñas y un niño, sí, ya tenía mi vida planeada allí. Posiblemente mi marido sería un chico de mi edad con el que compartiese muchas cosas, trabajaría en el mismo lugar que yo y nos casaríamos a los dos años de estar juntos.
Las niñas se llamarían Emily y Courtney y el niño se llamaría James.
Mi marido tendría un apellido bonito como Spencer o Jones, alguno muy común pero bonito.
El avión salía en media hora y yo aún no estaba lista.
- ¡Eres un desastre de chica! –gritó mi madre.
- ¡Mamá déjame ducharme tranquila! –le grité yo desde la ducha.
- ¡Está bien, pero el taxi para llevarte al aeropuerto de la ciudad te está esperando abajo! –continuó gritando mientras escuché como cerraba la puerta de mi habitación.
Me vestí a toda prisa y cogí las maletas.
Llegué al taxi y puse las maletas en el maletero. Quince minutos después estábamos en el aeropuerto.
Me quedaban quince minutos para embarcar y aún tenían que pasar mis maletas por aquellos rayos X para maletas, se nota que no había viajado demasiado en toda mi vida ¿verdad?
Hice todo lo que había que hacer para poder montarme en aquel avión de una vez.
Me faltó poquísimo para perder el avión ya que llevaba muchas maletas.
Era la segunda vez que me subía a un avión, la primera fue cuando tenía dieciséis años estaba en primero de bachillerato y fuimos de viaje a Londres en fin de curso, recuerdo que me lo pasé genial paseando por las calles principales.
Pero a lo que iba, el avión era más cómodo y seguro de lo que me pensaba porque la verdad era que contraté una agencia de viajes un poco demasiado barata.
Tardaríamos unas diez u once horas en llegar al aeropuerto internacional de Los Ángeles, también conocido como LAX.
Me puse cómoda y empecé a leer un libro que llevaba en mi bolso de mano.
Ya empezaba a echar de menos a mis padres y a mis dos hermanos.
Yo sabía inglés porque mis padres eran de origen inglés, concretamente de Manchester.
Mis padres llegaron a España dos o tres años después de casarse y me tuvieron a mí y a mis hermanos allí, pero nos educaron para saber hablar perfectamente español e inglés.
La historia de mis padres era una de las más bonitas que jamás pude oír.
Ellos trabajaban juntos en la tienda del señor Mathews, mi madre me contó que era un viejo cascarrabias y que nunca estaba contento con el trabajo que hacían mis padres en su tienda.
Cuando se conocieron ellos tendrían unos diecisiete años.
Al principio no se llevaban muy bien ya que según la versión de mi madre mi padre era un cabezota pero según la versión de mi padre mi madre era una cabezota, lo sé es un poco lioso.
Bueno al final saltó la chispa del amor entre ellos dos y ya llevaban treinta y ocho años de casados, sí, treinta y ocho, ya me diréis quién aguanta eso en estos días, pero claro ellos son de otra generación.
Giré mi cabeza para encontrarme con la más hermosa de las vistas que jamás vería en mi vida, el océano atlántico estaba bajo mis pies.
La luminosidad del atardecer y las nubes les daba un toque mágico a todo aquel paisaje.
Las nubes se levantaban en el horizonte dejando traspasar algunos rayos anaranjados de sol.
Eran las siete de la tarde y llevaba allí metida seis horas.
Necesitaba mover mis piernas así que me paseé por los estrechos y apretados pasillos del avión, también quería inspeccionar un poco, me gustaba mirar las cosas, sobretodo los detalles, examinarlas.
Dentro del avión mucha cantidad de gente, y dos o tres eran niños pequeños.
Había una niña que me llamó mucho la atención, era muy guapa, tenía el pelo rubio, muy muy rubio, tanto que parecía blanco, tenía los ojos mas grandes, verdes y bonitos que había visto en mi vida, y en su sonrisa faltaban dos dientes, lo que la hacía muy pintoresca, además unas pequeñas pecas adornaban graciosamente su respingona nariz.
En sus manos sostenía una muñeca de trapo pelirroja y con dos largas trenzas.
La niña, que estaba sentada en el regazo de, la que yo suponía que era su madre, me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, y yo le respondí con otra sonrisa.
Dí varias vueltas por los pasillos y me volví a sentar en mi asiento, aún me quedaban cuatro o cinco horas para salir de ese avión.
Estuve cerca de una hora aburrida en mi asiento, finalmente, y después de pensarlo muchas veces, me dormí con la cabeza apoyada en la ventanilla del avión.
Estaba muy cansada por el ajetreo de toda la mañana así que dormí cinco horas y media del tirón.
Cuando me desperté el avión estaba a punto de aterrizar.
Miré por la ventanilla y lo que vi fue mucho más extraordinario de lo que me esperaba.
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