viernes, 11 de febrero de 2011

Capítulo 2. Los Ángeles.

Capítulo 2. Los Ángeles.

La vista de Los Ángeles era mágica.
Simplemente espectacular, aunque claro, todo era nuevo para mí de modo que lo veía todo espectacular.
Cogí las maletas y busqué algún taxi, pero no divisaba ninguno por las afueras del aeropuerto así que me senté en unos bancos que había al lado de las puertas de salida a esperar a que pasase algún taxi.
Me entretenía viendo a la gente pasar, algunos hombres trajeados, familias y demás pero observé que la gente iba siempre con prisas.
Miraba mi reloj cada dos por tres, quería que pasase por allí un taxi lo antes posible.
No sabía a donde dirigirme pero seguro que el taxista sabría llevarme a un buen motel.
Esperé y esperé hasta que me harté y decidí coger mis maletas, por mucho que pesasen, y buscar mi camino, sabía que si persistía encontraría mi hogar.
Era una decisión dura, andar hasta encontrar un hogar con dos pesadas maletas a cuestas, pero no me importaba.
Caminé y caminé hasta que ni mi cuerpo ni mi moral aguantaron más.
Cogí un taxi.
Le dije al taxista que me llevase al motel más bonito que hubiese en Los Ángeles.
El trayecto fue muy largo, pero me entretuve observando el paisaje, pasábamos por calles que estaban adornadas con altas y bien cuidadas palmeras, había muchos edificios, sobre todo tiendas muy lujosas y hoteles enormes.
Pude ver la playa a unos cien metros de distancia, como el día estaba soleado había mucha gente, pero que estuviera soleado era normal porque estábamos en julio, diecinueve de julio de 1987, nunca se me olvidaría esa fecha, la fecha de mi llegada a Los Ángeles.
Finalmente el taxi paró frente a un pequeño edificio de simple estructura y fachada blanca.
La puerta de madera reflejaba la antigüedad de aquel motel, pero parecía muy acogedor a pesar de su simpleza.
Tenía varios balcones protegidos por unos barrotes de hierro que encima tenían varias macetas de flores de todos los colores que os podáis imaginar desde el blanco hasta el rosa chicle más bonito que pude ver en mi vida.

Antes de bajar del taxi le pagué al taxista y después cogí mis maletas con decisión.
La puerta tenía unos picaportes redondos, agarré uno de ellos y toqué la puerta.
Al segundo de tocarla una chica rubia y de ojos azules me abrió la puerta con una sonrisa.
     Buenas tardes –saludó sin quitar la sonrisa de su cara –        bienvenida a la pensión M&M’s House, pasa por favor –dijo terminando de abrir la puerta.
     ¿Pensión? ¿No es esto un motel? –pregunté mientras ella me arrebataba las maletas de mis manos.
     No, esto es mucho mejor que un motel, es mi casa, bueno…nuestra casa –comentó mientras subía las maravillosas escaleras que había para subir al segundo piso.
     ¿Hay más gente? –pregunté siguiéndola.
     Mi hermana, se llama Melody y es una vaga, por cierto yo me llamo Melanie, ¿y tú?
Desde luego Melanie hablaba mucho, pero eso me entretenía bastante.
     Me llamo Evelyn, encantada Melanie –dije mientras veía como abría la puerta de una de las habitaciones.
     Igualmente Evelyn, esta será tu habitación –dijo a la vez que dejaba las maletas en el suelo.
La habitación era muy luminosa y bonita, las paredes pintadas en un azul pastel y los muebles blancos hacían un contraste precioso.
Melanie dijo que me dejaría sola para que me acomodase y pusiera mi ropa en los cajones y en el armario.
Ese era el lugar al que pertenecía y tenía la sensación de que a partir de aquel momento una aventura comenzaría para mí.
De repente oí la voz de dos chicas acercándose a la habitación, estaba segura de que una de las voces pertenecía a Melanie, pero no sabía a quién pertenecía la otra voz.
     ¡Te dije que la vigilaras! –le gritaba Melanie a la otra chica.
     ¡Y yo te dije que la vigilaras tú! –contestó la chica.
Entonces entraron en mi nueva habitación.
     Perdona Evelyn, ¿has visto a alguna perrita por aquí? –preguntó Melanie.
     No, no he visto ninguna perrita por aquí, lo siento.
     Vaya, ah por cierto esta es mi hermana Melody.
Clavé mi mirada en la chica y comprobé que eran gemelas…la única diferencia era que Melanie llevaba el pelo liso y Melody el pelo rizado.
Ambas tenían una expresión dulce en sus rostros.
Salieron de la habitación y me fijé en que encima del escritorio de la mesa estaba el periódico de ese día, decidí buscar trabajo y había un anuncio que me llamó la atención:

“Se busca camarera para trabajar en Beverly Hills , para más información deberá ir a la siguiente dirección…”
Bueno, era un buen trabajo para empezar, así que decidí preguntarles a las gemelas si Beverly Hills estaba cerca de allí, ya que si podía iría andando para explorar, ellas me dijeron que no estaba muy lejos y me dieron las indicaciones preciosas para no perderme mientras iba hacia el bar.
Cogí uno de los bolsos que había traído y me puse en marcha.
Me dí cuenta de que la playa no estaba muy lejos así que decidí andar por la orilla, estaba atardeciendo y eso hacía la vista aún más hermosa de lo habitual, la playa estaba casi desierta, digo casi, porque había un chico sentado en la arena, con las manos en la cara, pero ese chico me sonaba mucho, aunque no sabía de qué.
Decidí acercarme…

lunes, 7 de febrero de 2011

Capítulo 1. El viaje.


Capítulo 1. El viaje.
Ese maldito despertador sonando de nuevo, eran las doce del medio día, pero hoy me alegraba de que sonara ¡me iba a vivir a América del Norte! Por fin, ya era hora, diecinueve años esperando este momento.
Me levanté de un salto y con una sonrisa en la boca, busqué mis zapatillas de andar por casa y me miré en el espejo, estaba hecha un asco, mi pelo estaba revuelto, aunque tenía la costumbre de dormir con el pelo recogido en una coleta pero esa noche me moví demasiado, por los nervios, quizás.
Tenía la maleta hecha desde una noche anterior y la hice porque necesitaba distraerme un poco.
Fui hacia la cocina para desayunar algo, pero sólo tomé una manzana ante las quejas de mi madre diciendo que debería haber comido más, pero tenía un nudo en el estómago de los nervios.
Mi madre siempre me dijo que no quería que fuera a América, porque no sabría cuidarme y que allí no había la misma comida que en España, y yo ya lo sabía, de sobra, pero necesitaba ir.
Allí haría mi vida, encontraría un trabajo, me casaría y tendría tres hijos, dos niñas y un niño, sí, ya tenía mi vida planeada allí. Posiblemente mi marido sería un chico de mi edad con el que compartiese muchas cosas, trabajaría en el mismo lugar que yo y nos casaríamos a los dos años de estar juntos.
Las niñas se llamarían  Emily y Courtney y el niño se llamaría James.
Mi marido tendría un apellido bonito como Spencer o Jones, alguno muy común pero bonito.

El avión salía en media hora y yo aún no estaba lista.
-       ¡Eres un desastre de chica! –gritó mi madre.
-       ¡Mamá déjame ducharme tranquila! –le grité yo desde la ducha.
-       ¡Está bien, pero el taxi para llevarte al aeropuerto de la ciudad te está esperando abajo! –continuó gritando mientras escuché como cerraba la puerta de mi habitación.
Me vestí a toda prisa y cogí las maletas.
Llegué al taxi y puse las maletas en el maletero. Quince minutos después estábamos en el aeropuerto.
Me quedaban quince minutos para embarcar y aún tenían que pasar mis maletas por aquellos rayos X para maletas, se nota que no había viajado demasiado en toda mi vida ¿verdad?
Hice todo lo que había que hacer para poder montarme en aquel avión de una vez.
Me faltó poquísimo para perder el avión ya que llevaba muchas maletas.
Era la segunda vez que me subía a un avión, la primera fue cuando tenía dieciséis años estaba en primero de bachillerato y fuimos de viaje a Londres en fin de curso, recuerdo que me lo pasé genial paseando por las calles principales.
Pero a lo que iba, el avión era más cómodo y seguro de lo que me pensaba porque la verdad era que contraté una agencia de viajes un poco demasiado barata.
Tardaríamos unas diez u once horas en llegar al aeropuerto internacional de Los Ángeles, también conocido como LAX.
Me puse cómoda y empecé a leer un libro que llevaba en mi bolso de mano.
Ya empezaba a echar de menos a mis padres y a mis dos hermanos.
Yo sabía inglés porque mis padres eran de origen inglés, concretamente de Manchester.
Mis padres llegaron a España dos o tres años después de casarse y me tuvieron a mí y a mis hermanos allí, pero nos educaron para saber hablar perfectamente español e inglés.
La historia de mis padres era una de las más bonitas que jamás pude oír.
Ellos trabajaban juntos en la tienda del señor Mathews, mi madre me contó que era un viejo cascarrabias y que nunca estaba contento con el trabajo que hacían mis padres en su tienda.
Cuando se conocieron ellos tendrían unos diecisiete años.
Al principio no se llevaban muy bien ya que según la versión de mi madre mi padre era un cabezota pero según la versión de mi padre mi madre era una cabezota, lo sé es un poco lioso.
Bueno al final saltó la chispa del amor entre ellos dos y ya llevaban treinta y ocho años de casados, sí, treinta y ocho, ya me diréis quién aguanta eso en estos días, pero claro ellos son de otra generación.

Giré mi cabeza para encontrarme con la más hermosa de las vistas que jamás vería en mi vida, el océano atlántico estaba bajo mis pies.
La luminosidad del atardecer y las nubes les daba un toque mágico a todo aquel paisaje.
Las nubes se levantaban en el horizonte dejando traspasar algunos rayos anaranjados de sol.
Eran las siete de la tarde y llevaba allí metida seis horas.
Necesitaba mover mis piernas así que me paseé por los estrechos y apretados pasillos del avión, también quería inspeccionar un poco, me gustaba mirar las cosas, sobretodo los detalles, examinarlas.
Dentro del avión mucha cantidad de gente, y dos o tres eran niños pequeños.
Había una niña que me llamó mucho la atención, era muy guapa, tenía el pelo rubio, muy muy rubio, tanto que parecía blanco, tenía los ojos mas grandes, verdes y bonitos que había visto en mi vida, y en su sonrisa faltaban dos dientes, lo que la hacía muy pintoresca, además unas pequeñas pecas adornaban graciosamente su respingona nariz.
En sus manos sostenía una muñeca de trapo pelirroja y con dos largas trenzas.
La niña, que estaba sentada en el regazo de, la que yo suponía que era su madre, me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, y yo le respondí con otra sonrisa.
Dí varias vueltas por los pasillos y me volví a sentar en mi asiento, aún me quedaban cuatro o cinco horas para salir de ese avión.
Estuve cerca de una hora aburrida en mi asiento, finalmente, y después de pensarlo muchas veces, me dormí con la cabeza apoyada en la ventanilla del avión.
Estaba muy cansada por el ajetreo de toda la mañana así que dormí cinco horas y media del tirón.
Cuando me desperté el avión estaba a punto de aterrizar.
Miré por la ventanilla y lo que vi fue mucho más extraordinario de lo que me esperaba.